Como una Venus de Milo actual, la botella de abrillantador destaca por encima de todos sus congéneres en el mostrador. Su melena lacia, de influjo oriental, cayendo sobre su cuello y su porte majestuoso a pesar de los brazos amputados impactan a quien la observa. Sobre su pecho, cuelgan como perseas, todas sus cualidades tatuadas en plástico adhesivo. Sus líneas clásicas, impropias por otra parte del industrialismo postmoderno en el que se la inscribe, la dotan de un aire atemporal que refuerza la firmeza de sus virtudes mediante esa llamada a los valores eternos.
